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La violencia contra la mujer: algo muy antiguo y complejo

Sociedad

A un día de la movilización contra la violencia de género

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Foto: Manuel Yomal

Por Marcos Doño

La violencia de género, que sobre todo ejerce el hombre en contra de la mujer, es una práctica que nos viene por siglos. Así como la esclavitud y otras formas de maltrato han persistido, su naturalización cultural ha hecho que muchos casos históricos pasaran desapercibidos porque no fueron identificados como tales. Lentamente los pueblos han ido tomando conciencia de esta tragedia. Hoy se la condena social y jurídicamente. Pero hay que saber que los femicidios y el maltrato generalizado contra las mujeres, psicológico y físico, ha convivido siempre con otras tragedias como la explotación económica y sexual de niños, la explotación brutal del aparato productivo en contra de las capas más desprotegidas de cada sociedad, la trata y la prostitución, y tantas otras prácticas sociales-tribales que se vienen ejerciendo como normales y que han dibujado un mapa de terror y sufrimiento del que la sociedad y sobre todo los Estados son responsables y, en la mayoría de los casos, culpables.

 

No se puede acusar al machismo exacerbado como la única causa. Pero sí es una de las causas. La mala lectura de la Historia, o simplemente una mirada interesada de clase o de género, han soslayado casos como los de Enrique VIII de Inglaterra, un femicida que decretó la muerte de varias de sus esposas. En una mezcla de intereses económicos, religiosos, de herencia y de celos, este rey inglés fundó un imperio y un sistema de orden social basados no sólo en estrategias políticas brillantes, sino en el miedo y el sufrimiento, que las mujeres que estuvieron a su lado padecieron puntualmente. Otelo, de William Shakespeare, es una obra que nos habla de un femicida. Un hombre que empujado por Yago, se convence de que su amada lo engaña y por celos la asesina, por la misma “causa” que confiesan hoy nuestros contemporáneos homicidas. Lo cierto es que la construcción psíquica y social de la mujer ha sido siempre peyorativa y ligada a la sospecha. No hay caza de brujos sino caza de brujas. Las perversas, la insidiosas que revolvían pociones mágicas y diabólicas, han sido las mujeres. La hoguera y la tortura por esas prácticas supuestas fueron casi siempre para las mujeres. Ese dicho de que “detrás de todo gran hombre hay una gran mujer”, apunta a formarnos la idea de una mujer manipuladora, alguien que digita la mente y el espíritu de l hombre que está a su lado, sea un monarca, un empresario poderoso o un gran artista. El veredicto que surge de este [pre]juicio social instalado, es siempre el mismo: culpable.

En la Biblia, por ejemplo, uno de los paradigmas de la traición está puesto en la imagen de una mujer: Dalila. es ella quien engaña a Sansón y le corta el pelo [las pelotas], haciendo que su fuerza [virilidad], se pierda. Sólo Dios después se encargará de devolverle a este hombre purto lo que esa mujer le había quitado.

En el plano más pragmático, digitado sí desde una razón perversa, las violaciones sexuales a las mujeres han sido una práctica común entre los invasores y los ejércitos de todo el mundo y todos los tiempos. La mujer se transformaba en un botín de guerra, un regalo de placer carnal para los vencedores. Y no hace falta viajar a los tiempos del reinado de Nabucodonosor o de algún faraón o césar romano para comprobar esta práctica brutal. Fue durante la reciente guerra de Bosnia (6 de abril de 1992 al 14 de diciembre de 1995), que el ejército serbio, comandado por el genocida y líder nacionalista serbobosnio Radovan Karadžić y el serbio Slobodan Milošević, diseñaron como práctica de su estrategia para diezmar al enemigo, la violación sistemática de las mujeres, adultas y niñas, de ese pueblo. También podemos ir al África y encontrarnos con prácticas tribales como la ablación del clítoris, lo que conlleva en el plano sexual que la mujer no puede ni debe sentir placer sino sólo el hombre. O vayamos a países musulmanes regidos por la Sharía, ley coránica, donde en casos de infidelidad de la mujer, la condena es la cárcel o, al mejor estilo medieval, la lapidación o decapitación; aun si la infidelidad fue consumada por el esposo. El pueblo judío instauró en su canon que la judeidad está dada por la madre y no por el padre, algo que no especifica la Torá. Esto de debe a que las violaciones sexuales a las que eran sometidas las mujeres judías, como parte del maltrato y las matanzas a las que fueron sometidos los judíos en toda su historia, derivó en que muchas veces no se supiera de quién era la paternidad de los hijos que esas mujeres cargaban en sus vientres.

Y hoy se agrega otro factor social. La mujer ha ido recuperando un terreno social que les había sido quitado por siglos. No hay dudas de que las sociedades regidas bajo el sistema de producción capitalista, por necesidades propias de su ordenamiento productivo, terminaron por aceptar, la mayoría de las veces no por decisión propia sino como consecuencia de las luchas sociales de los movimientos feministas, la presencia de la mujer, en muchos casos preeminencia, en los distintos estadios y estamentos de las empresas y las instituciones públicas y gubernamentales de los países en donde viven. Esto ha ido generado una herida narcisista en las sociedades masculinas, sobre todo porque desde hace décadas se viene dando un cambio profundo en las prácticas de empleo, poniendo a la cultura “varonil” ante una enorme frustración, según lo marca su mirada social, producto de una educación que aún hoy no termina de entender a un “macho” en un trabajo doméstico o en un escalafón laboral y profesional inferior. Y a esta frustración y herida narcisista hay que agregarle la independencia sexual de la mujer, sobre todo a partir de la aparición de la “pastilla” anticonceptiva en los años 60, y que en no pocos casos los dineros con los que se sostiene materialmente un hogar provienen del trabajo de una mujer. Pero además están las patologías con que carga cada familia y cada persona en particular. No es casual que en la mayoría de los casos de violencia familiar extrema, tengan como precedente que la persona se haya criado en un ambiente violento.

Dicho todo esto, quienes deberían articular y estudiar en profundidad las causas que desencadenan estas tragedias, muchas de las cuales acabo de expresar, son los Estados y las administraciones gubernamentales votadas por la ciudadanía. La complejidad histórica, cultural y económico-social de este flagelo, hace que la responsabilidad, y hasta la culpa, recaigan sobre las instituciones que tienen el poder de implementar todos los mecanismos para no sólo punir estás prácticas sino prevenirlas y educar a una población hacia la buena convivencia. Entre estas posibilidades y deberes de un estado está el analizar en profundidad la capacidad moral, la salud psíquica y la mirada social de todos los jueces, pero sobre todo de aquellos que actúan como árbitros de estas situaciones. Y también de los policías que por su función deben intervenir prima facie en casos de violencia doméstica, ya que la institución policial, hay que decirlo, registra en sus filas un altísimo porcentaje de femicidas y maltratadores familiares.

Las sociedades en general y nuestro país en particular deberían conformar con premura una Agencia interdisciplinaria que investigue y actúe sobre estos temas. Aunque una sola mujer asesinada es suficiente, hay una urgencia explícita que lo marcan las estadísticas. Por tanto, el saber de esto y no propiciar los mecanismos necesarios para educar, prevenir y punir, con todo el poder que un estado tiene para hacerlo, denotan en el Poder Judicial, el Legislativo y el Ejecutivo una inmoralidad y una falta de responsabilidad republicanas que deberían ser castigados y con dureza, sea del partido y de la ideología que sean, en las urnas y denunciadas en las movilizaciones, con nombre y apellido de los máximos responsables de los tres poderes.

 

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